Antonio Puigjané: De Angelelli a La Tablada

Fray Antonio Puigjané murió ayer a los 91 años. El cura capuchino había nacido en Córdoba el 13 de junio de 1928 y a los 10 años ya había elegido el camino de la iglesia. Sus últimos años los vivió recluido en un sector del convento de Nuestra Señora del Rosario, en el barrio porteño de Pompeya. Concluyó allí, de manera domiciliaria, una condena de 20 años de prisión por su participación en la toma del cuartel de La Tablada, sucedido el 23 de enero de 1989 por el Movimiento Todos por la Patria.

Fue clave en la pastoral de Monseñor Angelelli en uno de los momentos más complicados de la política riojana en los primeros años de los setenta.

Las primeras acciones de Puigjané como sacerdote habían sido en diversas villas de Mar del Plata, y poco después se unió al trabajo de Enrique Angelelli.

Monseñor Angelelli lo designo en la iglesia de San Antonio, en Anillaco para ayudar al padre Virgilio Ferreira, un cura muy anciano a quien el Concilio Vaticano II le había pasado por el costado. La llegada de Puigjane no fue bien recibida por una comunidad  conservadora, acostumbrada a escuchar las misas en latín, a que el cura use sotana hasta para jugar a la pelota, a que las familias que se sentían importantes se sienten adelante durante la misa. A esa comunidad le había llegado un cura que vestía jean y sandalias, que tomaba mate con cualquiera, tocaba la guitarra con los jóvenes y que en sus homilías tenía un mensaje político claro.

En los primero años de la década del setenta la política riojana giraba en torno a la expropiación o no de los latifundios de Azzalini en la localidad de Aminga, a 10km de Anillaco.

Una de las premisas del Concilio II fue la organización del tercer sector de la sociedad para garantizar los derechos al trabajo y a la vivienda. Monseñor Angelelli, quien participo de las asambleas en Roma que luego se confirmaron en la Conferencia de Medellin, hizo propio todas las definiciones vaticanas.

Con la llegada de Carlos Di Marco y Rafael Sifre, dos integrantes del Movimiento Rural, Angelelli comenzó un proceso que llevaría a la conformación de sindicatos, organizaciones y cooperativas.

Una de esas cooperativas fue Codetral (Cooperativa de Trabajadores Amingueños Limitada). En Aminga, cabecera del dpto. Castro Barros, había una enorme porción de tierras improductivas y con muchas horas de agua de riego. Pertenecían a la familia Azzalini, que por distintas cuestiones se quedaron sin herederos legítimos.

Codetral fue fuertemente respaldada por Angelelli y por el diario El Independiente, único diario de la provincia y con un enorme compromiso con las causas populares. Además de las organizaciones políticas y sociales de la época. El trabajo comunitario del Movimiento Rural junto con el Fray Puigjané comenzó a dar sus frutos.

La cooperativa pedía que la provincia, a través de la legislatura, expropie las fincas de Azzalini para uso de Codetral. Esto marco el clima político de la provincia y era el centro del debate diario. Asambleas, reuniones y grandes manifestaciones se daban en el marco del apoyo provincial para Codetral. Carlos Menem basó la campaña para su primera gobernación con Azzalini y su eslogan “La Tierra es para quien la trabaje”.

Sin embargo, no todos en la familia Menem estaban de acuerdo. El 13 de junio de 1973, Angelelli fue a Anillaco, la ciudad natal de Menem, para presidir las fiestas patronales. Fue recibido por una turba liderada por comerciantes y familias pudientes, entre ellos Amado Menem, hermano del gobernador, y sus hijos César y Manuel, quienes junto a otros propietarios se habían vuelto contra el obispo.

El obispo Angelelli, Antonio Puigjané y toda la comitiva fueron expulsados a pedradas del pueblo.

Finalmente, la legislatura expropio las tierras pero no las entrego a la Cooperativa, sino que siguieron siendo improductivas hasta el día de hoy. Salvo por las valiosas horas de agua de riego, que años después pasarían a la familia Menem.

Finalizo la dictadura de Lanusse, Carlos Menem asumió como gobernador y claro, no cumplió sus promesas de campaña. La violencia comenzó a crecer en esos años, Fray Antonio seguía en Anillaco.

Luego de la instauración de la Dictadura, se trasladó a la Villa Itatí de Quilmes, y realizó tareas pastorales en el Río de Quilmes y en el barrio Los Talas.

Siempre acompañó con determinación a la lucha de las Madres de Plaza de Mayo. Fue un faro para muchos sectores militantes en los primeros años desde la restauración de la democracia

Siempre haciendo suya la frase de Angelelli “Con un oído en el pueblo y otro en el evangelio” Fray Puigjané  camino junto a sus vecinos de las barriadas pobres, se acercó a Madres de Plaza de Mayo y a organizaciones políticas y sociales en defensa de los derechos humanos.

Un episodio emblemático que lo tuvo como protagonista, sucedió en 1981, cuando en el Servicio de Paz y Justicia, de Adolfo Pérez Esquivel, se había planeado un ayuno para apoyar el reclamo por los desaparecidos, aunque luego se frustró. La iniciativa fue tomada por las Madres: “Antonio ya tenemos el lugar para hacer el ayuno pero no te vamos a decir cuál es. Lo vas a saber por los diarios”, le dijeron. Finalmente fue en la Catedral de Quilmes, cuyo obispo era Monseñor Jorge Novak, quien consagraba misas por los desaparecidos y protegía a las Madres. Al día siguiente Puigjane, con el aval de Novak, se sumó al ayuno que duró 20 días y que, si bien había cobrado gran repercusión, finalizó antes de que llegara la Navidad de ese año.

Cuando ocurrió La Tablada estaba asignado con el Padre Luis Farinello. Si bien, Fray Puigjané siempre negó su participación en aquellos hechos e, incluso, en alguna oportunidad, insinuó que fue Enrique Haroldo Gorriarán Merlo el que propició el asalto, finalmente poco tiempo después de ese episodio, se presentó voluntariamente ante la Justicia. Se sometió al juicio y fue condenado a 20 años de prisión: los fiscales Raúl Plee, Pablo Quiroga y Santiago Pablo Bermúdez lo habían señalado junto con Roberto Felicetti como «el mayor exponente de la asociación ilícita investigada». El sacerdote siempre dijo que eso no era cierto.

Los primeros siete años estuvo en la cárcel en Caseros y luego, dos en Ezeiza. En 1998, cumplió 70 años y le fue concedida la prisión domiciliaria en la casa de retiro de los Hermanos Capuchinos de Coghlan. En los últimos tiempos hablaba poco, aunque estaba lúcido y veía bien: miraba mucha televisión, en general programas de cocina y de entretenimientos, y también de fútbol, especialmente cuando jugaba su equipo, Independiente. También solía escuchar canciones de Silvio Rodríguez, su predilecto.

Se fue un militante de la vida. Nos queda sus huellas para seguir luchando por mundo mejor.

 

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