Carnaval Calvario

Este viernes 16 de marzo, proyectamos “I, Tonya” en el patio de Cooperativa Voces (Colombia 2364, Barrio Vial) en el marco de Re-Ciclo Cine: cine debate y muchas actividades más. Esta vez, Xorge Leiva, realizador audiovisual riojano, escribe y repasa detalles sobre el cortometraje argentino “La Reina” de Manuel Abramovich, que formará parte de la previa este viernes haciendo una potente dupla temática con la película seleccionada.


Por Xorge Leiva para Cooperativa Voces

Por abril o mayo de 2014, durante el trabajo de selección de material para la programación del festival Imágenes Sociales llegó a mí el link de “La Reina”, un cortometraje de un director, hasta entonces, ignoto, que recién comenzaba su camino por el circuito de festivales. Tan nítidamente se recortaba este corto del resto del material, tan fascinante era su propuesta, que en el transcurso de ese proceso de ver y analizar más de 300 cortos que llegaban desde toda Latinoamérica, siempre me hacía del tiempo para verlo una y otra vez. La Reina ganó el primer premio de esa edición de Imágenes Sociales e iniciaba así su cosecha imparable de premios dentro y fuera del país. Hoy Manuel Abramovich, su director, ya tiene en su haber una nueva película documental recién estrenada en la sección Generation del Festival de Berlín, llamada “Soldado” y anteriormente realizó “Años luz”, en la que hace un registro documental de la aventura de Lucrecia Martel durante el rodaje de “Zama”, que no es un mero making of, sino un retrato en pleno proceso creativo de una cineasta con obsesiones de rigor científico e intensidad de artista.

La referencia a Lucrecia es oportuna y esclarecedora para comprender la propuesta de “La Reina”. Hay una clave Marteliana que la sostiene y articula en su narrativa. Desde la virtuosa decisión del encuadre sobre el personaje principal y la manera en que los diálogos y sonidos fuera de campo flotan alrededor de su rostro y su cabeza. Una decisión radical que nos hace imaginar qué otras implicancias o ponderaciones habrían generado estos mismos personajes y esta misma historia si los planos hubiesen sido más abiertos, planos generales que mostraran y privilegiaran todo el entorno carnavalesco, el clima festivo de la celebración popular en toda su amplitud, alejándonos de las expresiones ―o falta de ellas―, del rostro de Memi, la protagonista de “La Reina”. Un ejemplo contundente más de que en el cine la forma es fondo. Que las decisiones de dónde poner la cámara y cómo montar imágenes y sonidos son políticas. Que es ética y estética. La noción del documental como representación neutral y objetiva de una realidad finalmente, tras años de palidecer, se deshilacha y cede ante la potencia contemporánea creadora de relatos. Ante una sinergia narrativa en el que la versión fáctica de una realidad es apenas una más de las infinitas capas de historias que caben ante un hecho único. Que la puesta en escena en los documentales cada vez más se funde y confunde con los procedimientos antes solo reservados para la ficción. Algo que pone en cuestión los paradigmas de verdad y realidad.

En “La Reina”, Memi es una chica preadolescente que juega al tenis, al hockey sobre patines, que probablemente haga nado sincronizado, toda una cantidad de actividades que solo parecen ser útiles para engordar el ego de su madre. En su inexpresividad en cambio se transparenta el aburrimiento ante toda una vida organizada para ganar, competir, ser exhibida como un animal con pedigree. Aunque el relato se concentra particularmente en su preparación para participar como la reina del chocolate de una comparsa durante los carnavales de Monte Caseros, Corrientes. Particularmente en calzarle en la cabeza una corona de cuatro kilos y medio. Una sesión no exenta de sadismo e incluso doping.

“Pesa más el amor al carnaval y al pueblo que otros intereses (…)” “Para estar guapa hay que sufrir.” son algunas de las frases de las mujeres adultas que  rodean la cabeza de Memi y que aproximan la idea del carnaval a la de un calvario necesario. La imagen sufriente y mayormente silenciosa de Memi por momentos recuerda al increíble rostro de Maria Falconetti, la inolvidable actriz de “Joan of Arc” de Carl Dreyer, ícono cinematográfico del martirologio femenino.

“La Reina” es otra muestra de que no es posible disociar las elecciones estéticas y narrativas del contenido. Son elementos concurrentes. Sin esa manera radicalmente decidida de poner la cámara y ajustar el encuadre no podríamos ver e interpelarnos sobre el estoicismo con el que lxs niñxs satisfacen las expectativas de lxs mayores. Sin escuchar los audios en esa nube fuera de campo alrededor de Memi no podríamos hablar luego de la naturalización de la violencia física y psicológica que ciertas madres, y adultos en general, ejercen sobre sus hijxs en el marco de concursos de belleza, deportivos, fiestas sociales y todo evento que satisfaga los deseos de exposición en los que hijxs son trofeos de padres.

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