¿Palabras olvidadas? Chacho en los ojos de Jose Hernández

Por: Marianela Peña Pollastri

¿Sabía usted sobre la existencia de la obra periodística de José Hernández, creador del Martín
Fierro, acerca de Chacho Peñaloza?

Recientemente en la Ciudad de La Rioja se implementaron diversas medidas políticas
que buscaron promover el reconocimiento del federalismo a través de la monumentalidad y del
nominalismo. ¿A qué me refiero con esto? A poner el foco en las enormes construcciones y en
los nombres. La primera acción que recuerdo fue el cambio de nombre del Parque Sarmiento
que pasó a llamarse Plaza Juan Facundo Quiroga, aunque hasta el día de hoy algunos prefieren
decirle “ex Parque Sarmiento”. Luego, la construcción de los grandes monumentos, uno a
Chacho Peñaloza y otro a Facundo Quiroga, dos destacados caudillos. Incluso, hace unas
semanas, inauguraron el Paseo de la Mujer Federal, que recuerda a Dolores Díaz (La Tigra,
luchadora en las tropas de Felipe Varela). Con ello se reconoce no solo la tradición riojana
federal, sino también de la mujer, dejada de lado muchas veces por la historia.
En medio de todo este ajetreo de reconocimientos federales monumentales, ¿no nos
estaríamos olvidando de algo básico? Quizás de la educación y de la memoria. Sé que muchas
veces es difícil e incluso el acceso a nuestra misma historia se vuelve cuesta arriba cuando
comenzamos a indagar en ella, indudablemente hay archivos perdidos (o destruidos) y parte de
ella que nunca fue escrita. Sin embargo, el monumento es una obra artística, plástica y
simbólica, que si no es acompañada del sentido que el espectador coloque en ella, queda
vacía. De manera anecdótica e ilustrativa, recuerdo que muchas veces escuché a amigos decir
“tal lugar queda cerca del viejo sentado” (en referencia a la estatua de J. V. González). La
estatua quedó vacía y simplificada en eso, un viejo sentado. Es indispensable el sentido que
brinde el espectador ante tales obras, para completarlas y dotarlas de significado. Sin
educación, estos sentidos serán escasos o muy superficiales.
No hace tanto me enteré de que José Hernández, reconocido intelectual argentino, autor
del poema Martín Fierro, tiene una gran obra periodística en recuerdo y defensa de Don Ángel
Vicente Peñaloza (Chacho). Al calor de la circunstancia, denuncia la crueldad de su asesinato.
Por alguna razón, sentí que como riojana debí haberlo sabido antes. Mínimo en algún momento
de esos doce años de escuela obligatoria que cursé. De todas formas, es una obra que se viene
rescatando y estudiando desde no hace mucho, así que resulta lógico que todavía no llegase a
las escuelas. Tampoco se encuentra en las librerías de nuestra provincia. Pero, en nuestra
formación identitaria como riojanos/as, que resultamos de un devenir de toda una tradición
histórica de la que formamos parte, resulta fundamental aunque sea el conocimiento de su
existencia. Contribuye a que los sentidos no queden vacíos, a que no hayan “viejos sentados”.
Y si no reconocemos nosotros nuestra propia historia ¿quiénes lo harán?
Vida del Chacho fue publicado en formato de folletín periodístico. Tuvo escasa difusión,
cuestión llamativa considerando la fama de J. Hernández. Su lectura abre el espectro para
pensar los hechos desde distintos cristales, sin desmerecer otras lecturas, sino ampliándolas. El
mismo autor supo que no iba a ser bien recibido por ciertos sectores poderosos, pues escribe:
“Sabemos muy bien que nuestra tarea de hacer conocer la historia de este patriota
infortunado, nos valdría, cuando menos (…) la burla, los apóstrofes groseros, el insulto y la
calumnia. Pero (…) no puede semejante consideración influir más en nosotros, que el
sentimiento de justicia que coloca la pluma en nuestras manos” (Hernández, 1947, p. 106).
Hernández, entonces, construye a Chacho desde un autoproclamado acto de justicia.
También lo hace por antonomasia. El hombre federal se contrapone al unitario, que en teoría
detenta las más bellas prácticas de la civilización incipiente y del progreso, pero que en la
práctica comete atrocidades terribles, como esas que dicen ser propias de la barbarie. El
asesinato de Chacho en su casa, para después clavar su cabeza degollada en una pica y
exponerla en la plaza de Olta, por ejemplo, sometiendo luego a Victoria Romero, que por el
hecho de ser solamente la esposa de Chacho, se vio obligada a los tratos más indignos.
Tal vez el episodio más revelador de dicha antonomasia, sea cuando cuenta cómo el Gral.
Peñaloza había devuelto a los unitarios que tenía como prisioneros “que no les faltaban ni un
botón del uniforme”, esperando asimismo que le devolvieran a los suyos. Ante el silencio de
los jefes unitarios dice: “Y bien. ¿Dónde están los míos? ¿Por qué no me responden? ¡Qué!
¿Será cierto lo que me ha dicho? ¿Será verdad que todos han sido fusilados? ¿Cómo es,
entonces, que yo soy el bandido, el salteador y Vds. Los hombres de orden y de principios?”
(Hernández, 1947, p. 143). Los prisioneros bárbaros que le habían tomado a Chacho fueron
fusilados sin piedad por los civilizados.
En fin, las letras de Hernández resultan indispensables y reveladoras para la
reconstrucción de nuestra memoria colectiva. Para que los símbolos, los monumentos y los
nombres no queden vaciados de sentido, como si no fueran capaces de recordar algo que hemos
olvidado, o que nunca hemos encontrado. Quizás sea hora de, como dice W. Benjamin,
empezar a cepillar la historia a contrapelo.

 

Referencias bibliográficas
Hernández, J. (1947). Vida del Chacho. Buenos Aires, Argentina: Talleres Gráficos
Ayacucho.

You May Also Like

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *