Un Prócer Posa Para la Foto

Nicéforo miro por la ventana, probablemente ya cansado no reparo en el paisaje, allá por 1826, los fotógrafos eran más científicos que artistas, por lo que seguramente no le importó que la única vista que tenía la ventana  de su laboratorio  se inmortalice en la primera fotografía.

Tardo 8 horas y 10 minutos en exponer la imagen para lograr lo que luego llamaría “Vista desde la Ventana de Le Gras” (“Point de vue du Gras”), sin embargo la historia oficial no la reconoce como una fotografía sino como heliografía.

Si bien Nicéforo Niépce vivía y trabajaba en la región francesa de Borgoña, en un momento de sus investigaciones requirió una lente nueva y le pidió a un pariente que viajaba a París que le consiguiera en la óptica muy famosa de la época que pertenecía a la familia Chevalier, dándole además algunas pruebas fotográficas de sus experimentos. Los Chevallier conocían a otro científico que estaba haciendo pruebas para capturar imágenes: Louis Daguerre. Los Chevallier le hablaron de Niépce y sus heliografías. Desde ese momento, Daguerre intentó diversos modos de asociarse con Niépce, hasta que en 1829 logró firmar un contrato de constitución de una sociedad, a través de cual Niépce, ya casi en bancarrota y sin poder avanzar más en sus experimentos, le revela sus avances para el desarrollo y comercialización del invento.

Muchas horas de laboratorio y muchas pruebas fallidas después, nace una nueva manera de capturar la luz y detener el tiempo. En 1835, obtienen imágenes positivas con tiempos de toma mucho más cortos que con la heliografía o el fisautotipo. En 1837, logran fijarlas. Utilizando técnicas aprendidas con Niépce, asociadas a otras completamente originales, Daguerre alcanza un procedimiento completo que produce, en algunos minutos, imágenes en una cámara oscura.

Después de haber estudiado las diferentes maneras de explotar las invenciones (patente, suscripciones…) y con Nicéforo Niepce ya fallecido y reemplazado por su hijo Isidore, Daguerre decide de mostrar su procedimiento a François Dominique Arago, secretario perpetuo de la Academia de Ciencias. Éste queda maravillado y propone que la invención sea comprada por el gobierno francés con el objetivo de “hacer un don al mundo entero”. Una renta anual de por vida de 4000 francos será pagada a cada uno de los inventores, es decir Isidore Niépce y Daguerre. El lunes 19 de agosto de 1839, la Academia de Ciencias procede a la divulgación de los procedimientos para fijar imágenes. El nombre de Niépce apenas es pronunciado, es inmediatamente olvidado. Nacía el Daguerrotipo, que luego conoceremos como: fotografía.

Las primeras imágenes causaron pasmo, por su gran fidelidad, primero en los principales círculos de Europa y, poco después, en el mundo entero.

Las vistas urbanas de París eran tan perfectas que la gente se resistía a comprender cómo, de una caja de madera enfocada hacia un motivo, y por la manipulación de ciertos químicos, se podía obtener un fragmento perfecto de la realidad, sin la intervención de las clásicas paletas y pinceles.

El diario alemán Leipziger Stadtanzeiger se indignaba: “El deseo de querer captar los reflejos evanescentes no solamente es imposible, por las investigaciones alemanas realizadas, sino que es ya una blasfemia. Dios creó al hombre a su imagen y ninguna máquina construida por el hombre puede fijar la imagen de Dios. ¿Es posible que Dios hubiera abandonado sus principios eternos y hubiese permitido a un francés en París dar al mundo una invención del diablo?”. Aquella “invención del diablo” le vino perfecta a una burguesía ya consolidada luego de más cien años de Revolución Industrial. Y no solo por la cantidad de fábricas que nacieron por los Daguerrotipos (quizás la más conocida era perteneciente a unos hermanos de apellido Lumiere, que luego también revolucionarían la fotografía) si no porque  esta burguesía con tantas ansias de poder quería inmortalizarse. De posar durante días para un pintor a pararse unos minutos delante de una cámara, el daguerrotipo se expandió y cruzo las barreras sociales.

Hacia 1848, París era cuna de inventos y sede de ateliers dedicados al “arte del daguerréotype”. Se realizaban 100.000 retratos por año, a un precio promedio de 5 francos, cifra respetable por entonces.

José de San Martín vivía con su familia en la Rue St. Georges cuando estalló el movimiento revolucionario del 23 al 25 de febrero de 1848 que tumbó a Luis Felipe y dio paso a la Segunda República.

La violencia y anarquía en las calles impresionaron al general, que a los 70 años sufría dolores punzantes de reumatismo, gota, cataratas y otras dolencias de la edad. Fue uno de los motivos que determinaron que el grupo familiar decidiera trasladarse a la apacible Boulogne-sur-Mer.

Una de las versiones históricas indica que fue en ese momento, antes de la partida hacia el norte de Francia, que su hija Mercedes Tomasa San Martín de Balcarce decidió llevar a su padre al estudio de un daguerrotipista para plasmar su figura a través de la fidelidad de aquel sistema.

El historiador fotográfico Miguel Angel Cuarterolo indica que la decisión de tomarse un retrato tan costoso se vinculaba a una fecha o circunstancia importante en la vida de alguien. San Martín cumplió los 70 ese 25 de febrero. Probablemente, para esta única y última sesión fotográfica, San Martín debió posar con paciencia dentro de una extraña casilla aérea tipo invernadero, construida en madera y con una de sus paredes laterales y parte del techo vidriados, pues los daguerrotipos se tomaban sólo con luz natural, que se filtraba y direccionaba a través de cortinados gruesos y finos, siempre desde las 10  a 15 horas, para aprovechar la luz cenital. Si observamos la iluminación del retratado, comprobaremos una importante fuente de luz que proviene del lado izquierdo y que modela su rostro.

El único daguerrotipo sobreviviente es el que se conserva en el Museo Histórico Nacional. Mide 12 centímetros por 10 y está montado en un marco oval de madera oscura con virola metálica y dorada. En el lateral derecho inferior se ven unas sorprendentes huellas dactilares que confirman la extrema delicadeza de este tipo de superficies sensibles.

Siguiendo precisas instrucciones del daguerrotipista, San Martín se ubica mirando hacia un costado, apoya un brazo sobre la silla y el otro en el interior de la chaqueta, modalidad conocida como “napoleónica”. Son precauciones de inmovilidad, debido a los largos segundos de exposición frente a la cámara.

El operador acciona el mecanismo, la luz ingresa y la cámara deja de ser oscura. El cloruro de oro reacciona y deja inmortalizado al anciano general de los ejércitos del norte, creador del ejercito de los Andes con el cual libero épicas batallas para liberar Argentina, Chile y Perú, pero sobre todo, para consolidar una visión latinoamericanista y romper con el imperialismo.

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